Uno de cada cuatro adolescentes participó en retos virales: advierten por los riesgos físicos y mentales
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Uno de cada cuatro adolescentes participó en retos virales: advierten por los riesgos físicos y mentales

Grabarse, publicar y esperar que otros repitan. Esa es la lógica de un reto viral: amplificarse en redes sociales. Algunos consisten en empaparse con agua helada para visibilizar una enfermedad, otros invitan a imitar una coreografía y, en el extremo opuesto, algunos desafían a no dormir durante días o a comer hasta el atracón.

Una nueva investigación cuantificó el fenómeno y mostró que uno de cada cuatro adolescentes argentinos participó en al menos un reto viral durante el último año. Así lo advierte el estudio publicado en la revista académica Youth & Society, que analizó a 848 menores de entre 11 y 17 años en cuatro escuelas del país.

Los datos mostraron que el 14% de los encuestados realizó uno o dos retos virales en los últimos 12 meses, el 5% participó en tres o cuatro y el 6% aseguró haber completado cinco o más. En conjunto, eso equivale al 25% (uno de cada cuatro) de los adolescentes que se interesaron en al menos un desafío difundido en redes.

El fenómeno preocupa a los especialistas y, como publicó Infobae, va en aumento en los últimos años. Los autores midieron cuántos jóvenes participaron en al menos un desafío en las redes sociales, qué los motivó a hacerlo y qué riesgos físicos, psicológicos y sociales identificaron en esas prácticas.

La lógica es simple y poderosa: grabarse mientras se realiza una acción, compartir el video y esperar que otros usuarios la repitan para mantener la circulación del contenido.

Las plataformas y redes sociales donde esto ocurre con mayor velocidad son TikTok, Instagram, YouTube y WhatsApp. Según los datos citados por la publicación científica, YouTube tiene una presencia del 95% entre adolescentes y jóvenes argentinos, TikTok del 67% e Instagram del 62%.

No todos los retos son peligrosos. El estudio identificó cuatro categorías:

  • Retos virales sociales. Interactivos, inofensivos y con componente social, lúdico o familiar
  • Retos virales solidarios. Buscan concientizar o promover una causa social, ayudar a otros o incentivar conductas positivas
  • Retos virales impropios o de mal gusto. No peligrosos, pero sí despectivos o irrespetuosos
  • Retos virales peligrosos o de riesgo. Ponen en peligro la vida, integridad física/psicológica o privacidad
  • El doctor en Psicología Santiago Resett, investigador independiente del CONICET-Universidad Austral y docente de la Universidad Argentina de la Empresa (UADE), quien lideró la investigación en Argentina, señaló que “no todos los retos virales son negativos o peligrosos. Sin embargo, algunos pueden afectar nocivamente la salud física y mental de los chicos. Ejemplo de retos de esta índole son el tratar de pasar la mayor cantidad de tiempo sin dormir o autosofocarse para quedar inconsciente. Muchos jóvenes han fallecido por estos desafíos virales”.

    Entre los casos más extremos, figuran el reto “Blue Whale”, asociado a autolesiones y el “Black Out Challenge”, que promueve la asfixia intencional.

    En diálogo con Infobae, Resett explicó cuál fue la motivación que los adolescentes reportaron con mayor frecuencia en el estudio: “La forma más frecuente del por qué realizar retos virales, independientemente del tipo de reto, era por el motivo social de pertenecer al grupo y no quedar afuera”, señaló.

    Ante la pregunta “Me gusta hacer un reto viral o desafío con más personas para sentirme parte de un grupo”, un 8% indicó que lo hacía bastante o muchas veces, mientras que casi un 20% lo hacía algunas veces por ese motivo.

    Ese patrón también se refleja en otras respuestas del estudio: el 11% de los adolescentes dijo que le gusta que otras personas los imiten y hagan también el desafío que compartieron.

    “Esta razón es muy común en los adolescentes ya que están muy pendientes de ser aceptados y no quedar afuera del grupo. Esto los lleva, en ocasiones, a no reflexionar y hacer conductas riesgosas”.

    Lo que sí cambió respecto a generaciones anteriores es la escala del fenómeno. La presión de grupo existió siempre, tanto en el consumo de sustancias o en las conductas antisociales, pero hoy se amplifica.

    Resett lo describió con precisión: “Hoy en día para los retos virales u otras conductas asociadas con las redes sociales esto se magnifica por la viralización de los contenidos, una audiencia masiva, el aparente anonimato, la necesidad de obtener likes y que el uso compulsivo de redes sociales vuelve a los sujetos más insensibles o desinhibidos”.

    La razón, explicó, tiene que ver con la naturaleza de las interacciones digitales. En una conversación cara a cara, quien insulta a otra persona recibe una respuesta inmediata (verbal o no verbal) que actúa como freno. En las redes, esa retroalimentación no existe o llega tarde.

    “La dinámica de las redes sociales, muchas veces, despersonaliza y vuelve a los sujetos más atrevidos debido a la falta de estos elementos. Más aún en los adolescentes que son más impulsivos y se guían más por las emociones”, advirtió el investigador.

    “Quienes hacen muchos retos virales también presentan mayores niveles de adicción a internet, Instagram, apuestas online y pornografía digital, entre otras”, resumió Resett.

    Ese conjunto de conductas configura un perfil específico: adolescentes más impulsivos, con mayor necesidad de buscar sensaciones fuertes, con dificultad para regular las emociones o que se sobreexponen en redes sociales.

    La sobreexposición, precisó el investigador, tiene consecuencias que los adolescentes no siempre calculan. “Incluso el subir un video a Instagram donde una adolescente baila graciosamente con el uniforme de la escuela ya brinda la información sobre a qué escuela va ese menor de edad”, remarcó.

    A eso se suma que esa sobreexposición —el oversharing— puede caer en manos de terceros y derivar en cyberbullying, grooming o extorsión. “Muchas veces las madres o padres también son quienes exponen a sus hijos en redes sociales”, señaló.

    Las señales concretas que deberían encender la alerta en padres, madres y familiares:

  • Necesitar pasar cada vez más tiempo conectado para sentirse bien o entretenido.
  • Mostrar irritabilidad, ansiedad o enojo cuando no puede usar el celular o acceder a internet.
  • Perder interés por el estudio, el deporte, las amistades u otras actividades previamente significativas.
  • Continuar usando redes sociales aunque eso genere dificultades en el sueño, el rendimiento escolar o conflictos familiares, incluso cuando intenta reducir el uso y no lo logra.
  • Ocultar, minimizar o mentir sobre el tiempo real de conexión.
  • Sobre los límites de edad, el investigador fue específico: “El celular propio no debería entregarse antes de los 11 años, el acceso a internet no antes de los 13 y las redes sociales recién a los 16″. Uno de los errores más frecuentes consiste en entregar un celular o una tablet con acceso a internet como regalo sin establecer límites, normas ni supervisión, advirtió. El objetivo, insistió, no es la prohibición sino la regulación: acuerdos claros, tiempos definidos y un uso orientado a actividades con valor constructivo.

    Frente a la pregunta de cómo abordar el tema con adolescentes, Resett propuso una estrategia que parte de la escucha. “Más que prohibir las nuevas tecnologías o dar sermones moralizantes a los adolescentes, se debe trabajar desde la reflexión y enseñar a pensar en las consecuencias de las acciones”, señaló a Infobae.

    Entre las herramientas concretas que sugirió figura la regla de los 10 segundos antes de publicar: ¿esto es seguro?, ¿me expongo a mí y a mis padres o amigos? También propuso no normalizar el argumento de “porque todos lo hacen” y concientizar sobre el hecho de que las imágenes de los demás no pertenecen a quien las difunde.

    “¿Pensaste cómo esa publicación que subiste a las redes sociales puede afectar a los demás y a nosotros como familia?”, planteó como ejemplo de pregunta para invitar a la reflexión. “Se debe educar pero no simplemente desde un discurso o sermones moralizantes sino invitando a la reflexión y escuchando a los adolescentes”.

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