“Desde la psicología, la llamada fase de luna de miel es el momento inicial del vínculo en el que predomina la idealización del otro”, explica la psicóloga y sexóloga Jacqueline Orellana a Clarín. Durante esta etapa, el enamoramiento funciona como un estado particular de la subjetividad: “el otro aparece recortado, magnificado, muchas veces despojado de rasgos que podrían generar conflicto”.
La especialista (@psi.sexologia) remite incluso a la teoría psicoanalítica para comprender este fenómeno: “Freud ya señalaba que, en el enamoramiento, el yo se empobrece para engrandecer al objeto amado”.
En cuanto a su duración, aclara que no existen tiempos rígidos. “En términos generales, esta etapa suele durar entre seis meses y dos años, aunque no hay tiempos universales”, y agrega que depende de “la historia emocional de cada persona, de las expectativas inconscientes y del modo en que cada sujeto se vincula con la falta”.
Post luna de miel: el fin de la idealización y la confusión con la crisis
Muchas parejas leen este cambio como una señal alarmante. “Interpretan este pasaje como una crisis porque confunden la caída de la idealización con el fracaso del amor”, explica. Sin embargo, advierte que no se trata de una crisis en sí misma, sino de “un movimiento estructural del vínculo”.
En ese sentido, retoma una idea central del psicoanálisis lacaniano: “Como plantea Lacan, el amor no consiste en encontrar al que colma, sino en consentir al desencuentro”. Cuando esto no se comprende, la desilusión se vive como amenaza, y no como una oportunidad de construcción.
Las etapas de una relación y sus desafíos
Luego del enamoramiento, las parejas suelen atravesar distintas fases. “Aparece una etapa de diferenciación, donde cada integrante intenta rearmar su espacio subjetivo sin perder el vínculo”. El principal desafío allí es “tolerar la alteridad sin vivenciarla como abandono”.
Más adelante, se abre una etapa de negociación y acuerdos, donde entran en juego roles, expectativas, proyectos y formas de convivencia. “El conflicto central es cómo articular el deseo propio con el deseo del otro”, explica la psicóloga.
Finalmente, puede consolidarse un vínculo más maduro, en el que el amor deja de apoyarse en la idealización. “El amor que perdura no es el que fusiona, sino el que crea un espacio entre dos”, resume.
Cómo atravesar el pasaje sin que implique una ruptura
Para transitar el paso de la idealización al vínculo real sin que eso derive en una separación, Orellana destaca algunas herramientas clave. Una de ellas es revisar la expectativa de completud: “Entender que ninguna pareja está llamada a reparar carencias personales profundas” y asumir que “la completud es una ilusión y nada ni nadie, finalmente va a completarnos”.
También subraya la importancia del diálogo: “Poder hablar del malestar sin convertirlo en reproche, diferenciando conflicto de falta de amor”. En ese marco, los acuerdos explícitos sobre tiempos, espacios, proyectos y límites permiten salir del supuesto y entrar en una comunicación más real.
Por último, plantea una idea central: “Aceptar que amar implica una cuota de decepción”. En síntesis, concluye, “el afecto se vuelve más estable cuando deja de depender de una imagen ideal y se ancla en el conocimiento del otro tal como es”.