“A mí lo que me resulta más difícil en el amor es superar las barreras ideológicas. El pensamiento, no la piel. Te explico: soy agrónomo y un tipo bastante básico, pero me enamoré de Jazmín, que es psicóloga y una persona compleja. Va a quizá sonar mal que lo diga así pero ella tiene muchos más rollos en su cabeza que yo. Piensa demasiado. Cosas que a mí ni se me ocurren o en las que no reparo, a ella la conmueven o enojan de una manera visceral. Tenemos una química genial, como la que jamás habíamos tenido con nadie antes, pero nuestras vidas, por fuera de los márgenes de la pasión, siempre fueron tan distintas que nos cuesta amalgamar nuestra historia, volverla consistente y proyectarla hacia el futuro”, confiesa Ignacio hoy.
Es cierto. La sombra protectora que brinda el amor a veces no alcanza. No es suficiente para cobijar pensamientos tan diversos en un ambiente de calma para planear una vida en común a largo plazo. Esta es la historia que ellos andan escribiendo por estos tiempos, tan convulsionada internamente como el mismo universo.
Es muy raro que después de esta primera descripción lleven ya, más o menos, siete años juntos.
Jazmín es de Villa Devoto, hija de un sociólogo y una psicóloga que se divorciaron cuando ella tenía tres años y su hermana mayor, que hoy es técnica en alimentos, 6. Cuando llegó el momento de estudiar Jazmín escogió la carrera de su madre con quien compartió techo y la cosmovisión general de la vida. Una concepción del mundo donde ella enarbola el empoderamiento contra el poder masculino que, a su juicio, siempre somete. La raíz es fácil de encontrar en la infancia de Jazmín: su padre se borró y las sometió a las tres a la escasez de dinero y de sentimientos. Su ausencia marcó un rumbo familiar difícil a la vez que esculpió en Jazmín un carácter desconfiado hacia los hombres y un feminismo a ultranza. Para ella defenderse consiste en atacar primero, para no dejar flancos vulnerables al enemigo. Al menos así se desprende de lo que cuenta Ignacio, su pareja, sobre sus contiendas cotidianas.
Por su lado, Ignacio creció en un ambiente muy distinto. En una familia armónica, religiosa y numerosa, en la localidad de Olivos, provincia de Buenos Aires. El énfasis de sus padres estuvo puesto siempre en los valores conservadores. La familia de Ignacio se mueve hasta el presente como un clan bicéfalo en el cual van todos aglutinados bajo las mismas consignas. Sin enfrentamientos ostensibles, sin fisuras profundas, sin reclamos altisonantes. Fácil. Con padres que se quieren, se respetan y que “jamás se han insultado en público”, recalca.
Ignacio nunca hubiera buscado para su vida una mujer intensa y belicosa como Jazmín; ella tampoco hubiera reparado en alguien con ese perfil para ella demasiado aburguesado, un poco tibio, muy conformista y sumiso ante los valores impuestos dentro de su casa.
Son opuestos en todo. En formato cerebral, en las salidas, en los gustos literarios o artísticos, en sus amistades. Observan lo que ocurre en el planeta y en sus respectivos espacios desde perspectivas casi irreconciliables.
“Nuestros amigos respectivos no pegan ni con cola. Nuestras familias, menos. Ella tiene a su madre, a su hermana con la que encima no tiene mucha onda y dos primas. Al padre no lo ve por decisión propia. Juntó demasiados reclamos a lo largo de su vida después de que él se ausentara en lo económico y lo enfrentó tanto que él le teme y la relación es imposible que prospere de esa forma. Yo ni siquiera lo conozco. Es cierto que desapareció un tiempo, que era un hombre culto pero vago y poco comprometido con su familia. Pero tampoco es un demonio. La hermana de Jazmín pudo perdonarlo y lo ve cada tanto. Jazmín no. No quiere o no puede. Yo intenté que perdone porque creo que, cuando uno suelta el odio, las cosas van mejor. Es liberador. Pero fue imposible porque cuando se lo aconsejé me miró con ira y me pidió que no me meta. En fin, ella eligió ese camino y yo no tengo por qué juzgarla. En mi familia somos seis hermanos, tengo nueve tíos y somos en total 28 primos. Los domingos, generalmente, nos juntamos a almorzar en la casa de mis viejos que es grande. Somos siempre miles, caen los que caen y todos traen algo. Esos mediodías nos reímos mucho y hablamos a los gritos de cualquier cosa. Bromeamos al filo de lo políticamente correcto y decimos cualquier cosa que nos pase por la cabeza porque estamos en familia. Mucho chiste, cero conflicto. Frases picantes pero al mismo tiempo todo light, nada que vaya a lastimar una relación. Nadie es tampoco demasiado susceptible. Jazmín lo pasa mal siempre. Dice que somos un poco frívolos, que hablamos de pavadas, que siempre decimos las mismas cosas, que somos previsibles. Puede ser que sea un poco así, pero nos queremos y la pasamos bien. En su casa, en cambio, todo es caminar entre cardos. Las charlas tienen que ser sesudas, profundas, analizan la realidad y lo que decís sentís que pasa por dieciocho mil filtros de los políticamente correctos. Por cualquier boludez estalla todo y te saltan al cuello. Así que yo cuando voy trato de mantener silencio y tampoco se me ocurre que decir para que les caiga bien. Por suerte su hermana es menos explosiva. Pero ella, sus primas y su madre son puro combustible. Cada pequeña disidencia Jazmín la vive como una guerra con misiles. Y, en esas batallas, los hombres son siempre los malos. En el mundo, en el país, en las familias, en la amistad… es como que tiene vedada la posibilidad de que un hombre pueda ser buen padre, buena persona”, así resume Ignacio, sin filtros, el meollo de la cuestión en su relación de pareja.
Sigue pareciendo increíble que estas dos personas sigan juntas.
El primer encuentro ocurrió así. Un día del año 2018 Ignacio (28) llevó a su hermana menor (23) a una recibida de una amiga. Él se quedó en la tirada de huevos para llevarla en su auto después a donde ella tuviera que ir. Cuando se estaban yendo pasaron a pocos metros de otro grupo que festejaba a una licenciada reciente. Un huevo mal tirado por alguien le golpeó en un ojo a una chica alta que gritó fuerte y se sentó en el piso. Ignacio vio la secuencia perfectamente y se acercó preocupado a esa joven que lloraba tapándose la cabeza.
“Se agarraba la cara. Le dolía mucho evidentemente y no podía, o no se animaba, a abrir ese ojo. Estaba muy asustada. Lloraba desesperada porque creía que lo había perdido. Traté de calmarla y le ofrecí llevarla a ella y a una amiga para que la acompañara hasta la guardia de un sanatorio que había a pocas cuadras. Aceptaron. Nos subimos al auto y las dejé en la puerta. Me agradeció y su amiga se quedó con mi teléfono. La chica lastimada me había gustado físicamente, era alta y bellísima, pero no pensé nada más porque la situación había sido una emergencia médica con ella dando alaridos. No tenía idea de quién era o cómo podía ser. Ni siquiera sabía si estaba de novia. A los pocos días fue ella, se llamaba Jazmín, la que me mandó un mensaje para darme las gracias y me envió una foto de aquel día que había vuelto a su casa con el ojo tapado. Por suerte ya estaba bien, había sido un susto. En el que tenía abierto en esa foto vi que era de un color verde impactante. Charlamos un poco más al día siguiente y pegamos onda. En su foto de perfil tenía a su perro así que mucho no pude investigar. Tampoco quería buscarla en las redes porque las tenía privadas. Quedamos en vernos. Tenía un año menos que yo, ya estaba recibida de psicóloga y trabajaba con dos psicólogos más. Unas semanas después salimos a tomar algo; otro día, fuimos a bailar. La atracción química era impresionante. Sentí que me estaba enamorando”.
Jazmín vivía sola en Villa Devoto, a unas cuadras de la casa de su madre; Ignacio, compartía departamento con unos amigos en Martínez. Fue en la casa de ella que consumaron la relación. Se pusieron de novios bastante rápido.
“Al principio estaba tan embalado con lo que me producía verla que no le di importancia al hecho de que no pensábamos parecido en nada. Políticamente éramos el agua y el aceite. Donde yo veía raciocinio, ella observaba opresión. Todos los empresarios eran garcas y los humildes siempre estaban donde estaban por culpa de las clases altas. En mi familia hay de todo, empresarios, tipos sin un mango y laburantes. No necesariamente los unos son peores que los otros como persona. Qué se yo, le discutía un poco y nada más. Que pensara como quisiera, no me molestaba demasiado. Pero sentía que nos miraba como si mi familia perteneciera a otra clase social. Nunca me había pasado antes nada así. Pero yo quería que ella se diera cuenta de que no éramos de la manera en que ella nos veía. Creí que había vencido sus barreras hasta que, ya estando de novios formalmente, se empezó a animar a discutir abiertamente con todos. Se trenzaba con mis hermanos, con mis tíos, con mis amigos en eternas discusiones que no terminaban mal porque todos se callaban y la dejaban despotricar. Ella era quién traía todos los temas espinosos a colación. Me empezaron a tensar esas reuniones porque ella insistía en buscar el conflicto. La verdad es que le gusta dar batalla, donde sea y como sea”.
Ignacio un día se cansó. Le planteó que para él era estresante vivir sometido a una guerra de argumentos y discusiones sin final donde nadie cedía en su posición por lo que resultaba estéril el álgido intercambio. Ella le respondió menospreciando las conversaciones familiares usuales en la familia de Ignacio.
Un día, después de un encontronazo en otro almuerzo de domingo, ella le reprochó que él no hubiera salido a defender su posición: “Sos un cobarde. No te jugás. O por ahí es peor y, en el fondo, pensás como Federico y no me lo querés admitir. No te animás. ¡No se puede vivir livianamente como vos intentás!”. Ignacio tiene tantas peleas en su memoria que no puede recordar cuál fue la de esa ocasión, pero se ofendió. La palabra cobarde le pareció demasiado fuerte. Lo estaba acusando de superficial. Estaban a un paso de irse a vivir juntos pero Ignacio esa noche lo paró todo en seco.
“Así no va más. Quiero tomarme un tiempo y pensar. No tengo por qué bancarme tus ataques. ¿Me querés? No se nota. Ya no te alcanza con pelear a todos en la casa de mis viejos. ¿Qué querés que haga? ¿Que todos te tengan miedo? ¿Que yo me enemiste con el resto por temas que ni me interesan? La verdad es que no te entiendo. Necesito paz y tranquilidad”, le descerrajó. Ella quedó estupefacta. No se esperaba su reacción.
Se quedaron cada uno en su casa, dejaron de mirar departamentos y estuvieron sin verse por varios meses.
Como suele pasar se extrañaron demasiado. Con el tiempo las cosas feas que se dijeron se fueron diluyendo. Se hablaron por alguna tontería y buscaron pretextos para verse. Un día conversaron bien, con sinceridad, y pensaron que podían volver a probar a ver si todo fluía de otra manera.
“Nuestros mundos no tienen puntos de encuentro. Yo me siento ajeno cuando voy a su mundo y ella en combate cuando se asoma al mío. Pero cómo decirte que a pesar de eso nos amamos. Así que volvimos a salir y nos instalamos juntos para intentarlo. Ella aceptó algunas reglas de convivencia que impuse previamente: de política no se habla en mi casa familiar, en la de ella yo no opino para no chocar. Disminuiríamos la presencia de cada uno en el entorno del otro para minimizar los posibles daños. Dentro de nuestras cuatro paredes sí podemos decir lo que pensamos, pero sin ni una sola agresión ni adjetivando al otro. Fui bien claro que no iba a tolerar ni un solo maltrato. Con nuestros respectivos amigos también intentamos no mezclarnos demasiado. Tenemos dos días a la semana para salir por nuestro lado. Cuanto menos sean los puntos de contacto entre estos dos mundos, menos vamos a enfrentarnos. Juntos pero no revueltos dice el dicho al que nos apegamos”, resume Ignacio.
Así pasaron varios años bajo el mismo techo. No hubo casi peleas, porque así lo habían decidido. Ella lee libros que a él ni se le ocurre hojear. Él pone películas que a ella le parecen un bodrio sin contenido y elige no verlas o duerme a su lado sin mirarlas. Tampoco ponen noticieros.
Le pregunto qué hacen juntos entonces. Responde que salen a correr, que practican paddle, salen a bares, cocinan y se aman.
La grieta estaba disimulada con algunos puentes tendidos. Y todo venía bastante bien.
Pero el tiempo pasa raudo y la fertilidad se convierte en tema de conversación pasados los treinta y pico. Cuando comenzaron a hablar de hijos o de congelar óvulos… Así fue que vino otra fase de desacuerdos.
El pronóstico no parecería ser promisorio. En el amor nunca hay una última palabra y menos en este caso. Final abierto.
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* Amores Reales es una serie de historias verdaderas, contadas por sus protagonistas. En algunas de ellas, los nombres de los protagonistas serán cambiados para proteger su identidad y las fotos, ilustrativas.