Yo la miraba, azorado, sin poder creer la realidad que describía. Lo que me contaba sonaba a conspiranoia, pero ahí estaba ella, otra mujer a la que admiro profundamente, y me contaba lo mismo. Casi con las mismas palabras. Meli, además, tenía una mirada penetrante, de tan buena persona, tan dedicada, de tan curiosa que era. Siempre educaba con una sonrisa, y hacía que los ojos brillaran y los horizontes se expandieran, como a ella misma le gustaba decir. ...